Hemos visto como los muchachos han tenido que sortear las dificultades de este
mal silencioso, de este verdugo invisible que pareciera reírse en nuestra cara.
(Como si no fuera suficiente con la burla que nos hacen unos cuantos por ahí). No
solo han tenido que acomodarse a los cambios en el sistema educativo, a las clases,
sino también a las restricciones que se imponen a la hora de salir. ¿Y los amigos?
¿Y la novia? Bueno, que la novia espere, si no es mucho pedir. Con los más
pequeños no habría tanto problema, quizá se entretengan con un Spider-Man o una
muñeca Frozen… ¿Será? Pero, no hay que olvidar que necesitan de algo, y es ese
algo que los adultos ya tienen: «experiencias». Es decir que precisan de un
ambiente en el que puedan socializar a través del juego y las relaciones con otros.
Así que, me pregunto, ¿cómo se las estarán arreglando los padres? ¿Cómo irán
con aquello de las clases virtuales? Este interrogante surge en vista de las historias
y casos curiosos que uno escucha por ahí, de estudiantes que están y no están, de
los que se conectan a la clase virtual y se ausentan, o los que se quedan dormidos
mientras el profesor está explicando el método cuantitativo de investigación (por no
ir más lejos).
«Algo tendrán que aprender», dijo un padre de familia. ¿Ingenuo? Tal vez, pero real.
Ojalá y, ruego al cielo, no los dejen a su suerte, porque, así como podrían llegar a
ser los mejores estudiantes de la nueva era tecnológica, bien podrían terminar en el
lobby de la próxima degradación generacional. Por consiguiente, en caso de que
antes hubiésemos carecido de filántropos, artistas, músicos, inventores,
científicos…, ahora podríamos estar peor, incluso invadidos de mediocridad y uno
que otro Influencer chupa retrete (a excepción de algunos). Al fin y al cabo, ¿a quién
no le gusta regocijarse de ver unos cuantos like en la pantalla de su móvil?
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